Después de las clases

Hola, talleristas.

En los primeros años de la secundaria, después de las clases, en vez de regresar a la casa, me quedaba a escuchar los ensayos de la banda escolar. Me sentaba en la tribuna del patio central del colegio a ver cómo se filaban los músicos, jovencitos de mi edad, distribuidos de acuerdo al instrumento que tocaban: tambores, redoblantes, platillos y trompetas. En frente de la banda, el director daba la señal para que se desatara el trueno de los tambores o interrumpía repentinamente la ejecución para corregir a algún despistado trompetista. El repertorio incluía himnos y marchas militares que marcaban el ritmo de los pasos al desfilar. El sonido seco, insistente, atronador, de los redoblantes y tambores me producía una especie de arrobamiento y las ondas que se propagaban en el espacio del patio hacían vibrar el aire en mis pulmones. En ocasiones especiales, la banda presidía un desfile del colegio por las calles de la ciudad y entonces llevábamos estricto uniforme: camisetas de cuello alto que sofocaban bajo el sol del mediodía.

En los últimos años de secundaria, mi programa preferido después de las clases era el cineclub, al que asistíamos los estudiantes cinéfilos como cumpliendo un ritual. Un día a la semana se proyectaban en el auditorio películas habladas en otros idiomas, llegadas de lejanos países. Las imágenes que se sucedían en un flujo cambiante y múltiple sobre la pantalla desplegaban un mundo distinto al de la jornada escolar, lleno de sorpresas, que por un azaroso privilegio podíamos alcanzar. El profesor encargado de seleccionar las películas y hacer los comentarios antes de la proyección nos hablaba de directores, personajes y conflictos, y todas aquellas historias que aparentaban ser ajenas y distantes removían en secreto nuestros propios amores o miedos. Imágenes que permanecen en la memoria, como el de la actriz sueca que en una película en blanco y negro observa aterrada las noticias en un televisor que no vemos pero que arroja luces y sombras sobre su rostro desencajado, o el de los jóvenes que en un colegio británico entran furtivamente al museo de historia natural y se mueven cautelosamente entre los esqueletos y animales disecados.  

Comentarios

  1. Hola Jorge, sí, a mi también me encantan las bandas de guerra. Gracias a Dios los ensayos eran por fuera de la jornada escolar, porque si habían muchos desafinados, pero salir con ellos cuando eran armónicos, me provocaba "marchar con ellos". Cuando los veía marcando el paso, yo lo hacia con ellos y me iba por las aceras también a marchar. Me emocionaba. ¿Haz ido a la procesión del Santo Sepulcro del viernes santo que inicia en la Metropolitana y se va por la oriental hasta la iglesia de la Candelaria? La banda de guerra inicia tan nostálgica que cada prao y paradao de los diferentes acordes de los tambores me retumban en el alma, me hacen llorar y más cuando recuerdo el funeral de mi hijo con honores con la banda de guerra militar. Bueno, pero no era esto para ponernos nostálgicos, sino para mostrarte la emoción que las bandas me provocan. ¿No te pasa de pronto con el himno nacional cuando lo tocan cuando estamos fuera del país?

    Un abrazo

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  2. Jorge hola ! como me hiciste acordar del museo del colegio... Casi pude sentir el olor de la muerte seca, pude ver los ojos de cristal, las plumas sin brillo, los fetos en tarros. Ese lugar combinaba lo mágico con lo siniestro. Vuelvo mis pasos y siento el piso de la casa vieja hechos de barro cocido, con sus grietas por donde se colaba el polvo de los siglos. A proposito no había ni una sola plantica en ese lugar. Tampoco hicimos un herbario.... creo que algo estaba mal jajajaja un abrazo

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  3. Jajaja mágico no era. El museo era grotesco como dices, con el olor de la muerte seca. Todos esos insectos cazados y clavados con alfiler, los feticos humanos como momias conservados con cloroformo, al igual que las serpientes a las que no se les veía las hermosas figuras geométricas de sus lomos sino sus barrigas pálidas con sus innumerables anillos. La taxidermia, ¿recuerdas? Los pajarracos que muertos y por supuesto inanimados, no reflejaban su gran belleza e imponencia. Yo prefería llenar el álbum de Jet que ir a ese tétrico lugar del horror.

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